Los humanos somos seres emocionales. Acudo a Tomás Moro para añadir, que somos emoción “a todas las horas”. Dueños o no de ese sentimiento intenso que nos invita a pensar, aprender, querer y aborrecer. Emoción como sinónimo de afecto. Lo contrario, insensibilidad. Gracias a la palabra conectamos, emocionalmente, con los demás. Agasajamos al prójimo si lo hacemos partícipe de palabras y de esta manera formamos una cadena de eslabones que se engarzan como las emociones… a flor de piel. Es la palabra, pues, la que consigue plasmar silencios contenidos, pasiones experimentadas, intimismo e intimidad, sin bravuconería, ni intimidación…
Según Oatley, el concepto de ‘emoción’, resulta un término relativamente nuevo, empleado en ciencia y literatura para distintos contextos comunicativos; a través del lenguaje se accede a las emociones.
Si nos detenemos en revisar su etimología, encontramos que emoción viene del latín emotĭo: “movimiento o impulso”, “aquello que nos mueve hacia”; sabedores también de que las emociones actúan como depósito de influencias innatas y aprendidas, de alguna manera podemos afirmar que poseen características invariables, y otras que muestran cierta variación entre individuos, grupos y culturas, parafraseando a Levenson.
Por otro lado, el lenguaje, reflejo de la mente humana y canal de transmisión del pensamiento, se nos ofrece como un modo de hacer tangibles las emociones y así lograr un reconocimiento familiar y cálido, un premio que nos llega de la voz del otro como una mano tendida al corazón.
El idioma crea y dirige sentimientos y emociones, de ahí que la mejor forma de trabar conocimiento con el otro, con los demás, próximos o no, es con el lazo de la palabra. Toda una suerte y un lujo poder y querer usar las palabras.
Alejemos, entonces, el hostigamiento y el acoso; solo exhibición afectiva y afectuosa. Mucha emoción.
(Continuará…)
Pilar Úcar



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